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Lealtad, Amor y Guerra EPÍLOGO



Entonces, recordaba a Changmin y me invadía una sensación de desamparo que al rato se tornaba en resignación. Nunca volvería a verlo; debía olvidarlo. Eso era lo que yo pensaba.

Me otorgaron el nombre de Minoru, pero casi nadie lo utilizaba. Cuando estábamos a solas, Yuki me llamaba Yunho, y lo pronunciaba de tal forma que parecía proporcionarle placer. Akio sólo se dirigía a mi con un “tú”, y siempre con modales para aquellos de inferior categoría. Estaba en su derecho. Él era superior a mí en edad, preparación y sabiduría, y yo había recibido la orden de someterme a su voluntad. De todas formas, me costaba hacerlo, porque hasta entonces no había reparado en lo mismo que me había acostumbrado a ser tratado con respecto por mi condición de guerrero Otori y heredero de Shigeru.

Los miembros de la Tribu fingían ser acróbatas callejeros para movilizarse por todas las regiones sin levantar mayores sospechas. Parábamos en numerosos pueblos donde enseñábamos a los niños como ejecutar malabares, girar peonzas o realizar los trucos con cuerdas que Yuki y Keiko dominaban.

Nunca antes habría imaginado que los músculos de las manos pudieran llegar a resentirse en tal medida. Empezamos ejercitando los dedos, con el fin de hacerlos hábiles y flexibles. Incluso con una mano herida, Akio era mucho más rápido y experto que yo. Nos sentábamos frente a frente y, una y otra vez, me golpeaba las manos antes de que yo pudiera retirarlas. Debía acostumbrarme a su estilo de vida.



Durante ese tiempo Yuki y yo nos volvimos más cercanos. Yo encontraba a Yuki muy hermosa, y sabía que ella se sentía fuertemente atraída hacia mí. Pero mis sentimientos por ella eran muy distintos de la pasión que había sentido por Changmin.

Una noche, Yuki se arrodilló a mi lado, y yo alargué el brazo para atraerla hacia mí. Ya se había desabrochado el fajín y llevaba la túnica abierta. Recuerdo que sentí una profunda gratitud hacia ella. Me desató las ropas y actuó con tal destreza que yo actué con demasiada prisa. Ella me regañó por mi impaciencia y prometió enseñarme a lograr controlarla. Y lo hizo.

Yo no paraba de pensar en Yuki, y mi estado de ánimo oscilaba entre el júbilo y la desesperación; júbilo, porque hacer el amor con ella era una experiencia maravillosa; desesperación, porque Yuki no era Changmin, y porque nuestra relación me vinculaba con la Tribu en mayor medida.

Por las noches, yo solía permanecer despierto hasta tarde, y me dedicaba a escuchar las conversaciones mantenidas entre murmullos, al tiempo que hasta mi nariz llegaban los olores de la destilería o de los productos elaborados con soja. Soñaba con Changmin y le añoraba con todas mis fuerzas, y a veces, cuando estaba a solas, sacaba la carta de Shigeru y leía sus últimas palabras.

Mi entrenamiento había sido diseñado para fomentar la crueldad, y yo lo acepté de buena gana; me alegraba por nuevas habilidades que me ofrecía y me entusiasmaba al ver cómo se perfeccionaban las destrezas que había aprendido junto a los hijos de los guerreros Otori. La sangre Kikuta de mi padre cobró vida en mi interior, mientras que la compasión que mi madre me había inculcado se fue desvaneciendo junto a la doctrina asimilada en mi niñez. Ya no rezaba al dios secreto ni al iluminado; los antiguos espíritus no significaban nada para mi. No creía en sus existencia y no tenía evidencia alguna de que los creyentes se vieran favorecidos. Algunas noches me despertaba de repente y me estremecía al contemplar en qué me había convertido; entonces, me levantaba en silencio, y siempre que me era posible, iba a buscar a Yunki, yacía con ella y me olvidaba de todo.

Como siempre que meditaba sobre el pasado, mi corazón se ablandaban; Changmin  llegó hasta mí y se adueñó por completo de mi persona. Sentía su presencia, olía la fragancia de su cabello, escuchaba su voz… lo percibía con tanta intensidad que por momentos tenía miedo. Sus palabras resonaban en mis oídos: “Temo lo que pueda suceder. Sólo me encuentro a salvo a tu lado.”

Con sus piernas y brazos entrelazados entre los míos e irradiando calor, Yuki me dijo:

- ha llegado un mensaje de tu prima.
- ¿qué prima? – para entonces yo tenía una multitud de familiares.
- Muto Shizuka.

Empujé a Yuki hacia un lado, apartándola de mí para que no pudiera escuchar los rápidos latitos de mi corazón.

- ¿qué dice el mensaje?
- el señor Shirakawa se está muriendo. Shizuka teme que su fin está muy cerca – respondió ella, antes de añadir - : pobrecito…

Yuki se mostraba resplandeciente, rebosante de vida; pero yo sólo podía pensar en Changmin, en su fragilidad, su ímpetu, su belleza sobrenatural… le llamé en silencio desde el fondo de mi alma: “No puedes morir. Tengo que verte una vez más. Iré a buscarte. ¡No mueras antes de que volvamos a encontrarnos!”  

El fantasma de mi amado clavó la mirada en mi, con los ojos oscurecidos por el reproche y sufrimiento.

Yuki se dio la vuelta y me miró a los ojos, sorprendida por mi silencio.

- Shikuza pensó que debías saberlo. ¿Acaso había algo entre Changmin y tú? Mi padre me lo dio a entender, pero según él sólo se trataba de un amor pasajero entre adolescentes… también me dijo que todo hombre que lo conoce se siente atraído por él.

Yo no respondí. Yuki se incorporó y se tapó con la túnica.

- fue más que eso, ¿no es así? Lo amabas. – tomó mis manos y me obligó a mirarla, - tu lo amabas – repitió, y en su tono de voz se adivinaban los celos. - ¿se ha terminado?
- nunca se terminará – repliqué – incluso aunque muera, nunca podré dejar de amarlo – en aquel momento, cuando ya era demasiado tarde para declarar mi amor a Changmin, adiviné la verdad de mis sentimientos.
- esa etapa de tu vida ha concluido – sentenció Yuki con tono tranquilo pero fiero - ¡totalmente! ¡olvídalo! Nunca volverás a verlo. – concluyó, con la voz quebrada por la rabia y frustración.
- nunca te habría hablado de mi amor por él si tú no me lo hubieras preguntado. – apreté las manos y me vestí – trae más carbón – le pedí – y linternas.
- Yunho… - comenzó a decir ella, pero al momento guardó silencio. – enviaré a la criada – añadió, mientras se levantaba.

No di muestras alguna de mi congoja, pero en mi fuera interno lloré por Changmin y por la vida que podíamos haber compartido. No tuvimos más noticias de Shizuka, aunque yo siempre me  mantenía a la escucha de los mensajeros que llevaban a la casa. Yuki no volvió a mencionar el asunto. Yo confiaba en que Changmin no hubiera muerto, y durante el día me aferraba a esta esperanza, pero las noches eran diferentes.

Nos trasladamos hasta los alrededores de la tierras de los Otori; no logré controlarme y fui en busca de mi antiguo preceptor, pero la Tribu se enteró y no tardaron en encararme, casi matándome en el intento. Para esas alturas toda mi vida había cambiado: Yuki quedó embarazada de un hijo al que probablemente nunca conocería y que sería criado por la Tribu, a pesar de que ella me amaba, los Kukuta la habían utilizado para mantener mis habilidades dentro de la Tribu. Así que aproveche ese altercado para escapar y me dirigí hacia el templo de Terayama a refugiarme con los monjes, estando conciente de que si lo hacía ellos me buscarían hasta asesinarme por haber roto nuestro acuerdo.

No habría sobrevivido al viaje si no hubiese sido por Jo-An, un paria, hermano de uno de los Ocultos que fue colgado por los Tohan a los que yo liberé de su sufrimiento una noche, y la razón por la que era conocido como el “Ángel de Yamagata”, claro que pocos conocían mi verdadera identidad. Si no fuese por él y su inmensa gratitud hacia mi acto habría muerto en un par de días.

Antes de llegar a Terayama me encontré con Makoto, uno de los monjes del templo y un amigo cercano, en una de las cabañas cercanas completamente sólo, tal vez Makoto no deseaba seguir viviendo en ese entonces. Bebí un poco de sopa. Estaba caliente y salada, pero carecía de sustancia. Por lo visto era el único alimento del que Makoto disponía. ¿Qué había sido de aquél enérgico joven que conocí en Terayama? ¿Qué le había conducido a aquél estado de conformismo, casi de desesperación?   

- mi amigo vive en la residencia del señor Fujiwara.

Negué con la cabeza, pues nunca había oído hablar de él.

- es un noble que fue exiliado de la capital; sus tierras lindan con las de los Shirakawa.

Con sólo escuchar el nombre de la familia de Changmin, sentí como si me golpearan en el estómago.

- ¿viste al señor Shirakawa?

Makoto asintió con un gesto.

- me dijeron que estaba muriendo.

Mi corazón me golpeaba en el pecho con tal fuerza que pensé que se me iba a salir por la garganta.

- estaba muy enfermo, pero se recuperó. El médico del señor Fijiwara le salvó la vida.
- entonces, ¿está vivo? – me dio la impresión de que la tenue llama de la lámpara cobró brillo y la cabaña se inundó de luz- ¿está vivo Changmin?

Makoto me examinó la cara, y su propio rostro mostró una profunda tristeza.

- si, y me alegro enormemente, porque si hubiera llegado a morir yo habría sido el culpable.

Fruncí las cejas, intentando descifrar sus palabras.

- ¿qué ocurrió?
- todos en la residencia de Fujiwara conocían a Changmin como el señor Otori; creían que Shigeru se había casado con él en secreto en Terayama cuando él accedió a visitar la tumba de su hermano, el día en que nos conocimos. Cuando me presentaron me quedé atónito; de por hecho que era contigo con quién se había casado, y que tu mismo te encontraba allí junto a él. Sin apenas darme cuenta, saqué tu nombre a reducir. En ese momento fui conciente de hasta qué punto seguía fascinado por ti, a pesar de que me había engañado a mi mismo pensando que me estaba recuperando de obsesión. Además, en aquel momentos dejé al descubierto la artimaña de Changmin en presencia de su padre.
- pero ¿por qué motivo simuló ese matrimonio?
- honor – respondió con simpleza – seguramente su doncella se lo sugirió.

No pude articular palabra.

Makoto continuó:

- Su padre me interrogó sobre el matrimonio de su hijo. Poco después, se clavó un cuchillo en el estómago delante de él; lo más probable es que se enfermera debido a la conmoción.

La sensación de haberle traicionado se me acrecentaba.

- Ichiro me dijo que debo ejercer mi venganza contra sus tíos y reclamar mi herencia, y ésa es mi intención; pero no tengo ni idea de cómo lograr mi propósito. Debo casarme con el señor Shirakawa; ésa era también la voluntad de Shigeru.  
- el señor Fujiwara desea contraer matrimonio con él – exclamó Makoto con cautela.

Yo no quise prestar atención. No podía creer que Changmin fuera a casarse con alguien que no fuera yo. Conocía los rumores que corrían sobre él: se decía que todo hombre o mujer que lo deseara, moriría. Yo había yacido con él… y seguía vivo.

Makoto prosiguió:

- Fujiwara prefiere los hombres a las mujeres. Por otra parte, no debe ser indiferente a la herencia de Changmin. Lamentablemente, Shirakawa se encuentra en un estado deplorable, pero siempre queda Maruyama. Fujiwara es coleccionista y Changmin pasará a ser una de sus posesiones. Sus piezas nunca ven la luz del día; únicamente son mostradas a un reducido grupo de amistades privilegiadas.
- ¡eso no puede sucederle a Changmin!
- ¿qué otra alternativa tiene? Puede considerarse afortunado, pues el matrimonio le salvaría de la deshonra. Haber sobrevivido a la muerte de tantos hombres relacionados con él ya es de por sí humillante; pero también tiene algo sobrenatural. Dicen que ordenó matar a dos de los lacayos de su padre que se negaron a servirle y, por lo visto, está organizando un ejercito para reclamar Maruyama en primavera.
- tal vez el mismo sea su mejor protección – dije yo.
- ¡imposible! – replicó Makoto con desprecio.

Mi corazón se hinchó de admiración hacia Changmin. Sería un aliado magnifico. Si nos casáramos, poseeríamos la mitad del territorio Seishuu. Maruyama me ofrecería todos los recursos que yo necesitaba para enfrentarme a los señores Otori. Una vez hubiera terminado con ellos, sólo el corazón del territorio que antes era de los Tohan  y ahora pertenecía a Arai impediría que nuestras tierras se extendiesen de costa a costa.Debido a la llegada de la nieve, cualquier plan tendría que esperar hasta la primavera.

Con Makoto nos pusimos en marcha hacia Terayama lo más pronto que fue posible. Fuimos atacados por un miembro de la Tribu y un campesino en el trayecto lo que confirmó mi suposición, los Kikuta me buscaban.

Cuando llegamos al templo el abad se quedó en silencio unos instantes, y después dijo:

- los señores Otori tienen la intención de reclamar la herencia de Shigeru y declarar ilegal tu adopción. No contentos con participar en la conspiración que lo llevó a su muerte, ahora quieren mancillar su memoria. Pero hablaremos de eso más tarde. Te sorprendería saber cuántos son los que esperan tu regreso. Lo comprobarás en primavera, cuando tus hombres vengan a buscarte. También he estado custodiando algo que te pertenece.
- Jato, el sable de Shigeru – exclamé yo.

El asintió.

- vas a necesitarlo.

Desvainé a Jato, contemplé su afilada hoja, y pensé en la fragua que lo  había forjado y le había otorgado semejante combinación de fuerza y delicadeza, algo que lo convertía en un arma letal. Los pliegues del acero le proporcionaban un hermoso aspecto; parecía que fuesen olas. Era el regalo que yo había recibido de Shigeru, junto con mi nombre y mi vida. Lo empuñé con las dos manos y realicé los movimientos tradicionales que él me había enseñado en Hagi.

Jato entonó para mí su melodía de guerra y de sangre.

Todas las noches, después de repasar los informes que Shigeru había dejado secretamente a cargo del abad cuando visitó la tumba de su hermanos, salía a recorrer los alrededores, poniendo especial atención en los movimientos y sonidos que se encontraban a el bosque que rodeaba el templo.

En cierta ocasión, cuando regresaba a casa al amanecer, escuché el agudo jadeo de un animal, y al momento descubrí a un lobo en mitad del sendero. Me detectó por el olfato, pero no podía verme. Yo me encontraba lo suficientemente cerca para ver el pelaje rojizo detrás de sus orejas y oler su aliento. Asustado, el lobo soltó un gruñido, retrocedió, se dio la vuelta y se adentró en la maleza. Escuché cómo se detenía y olfateaba el aire. Su sentido del olfato era tan fino como mi oído. Nuestros mundos de los sentidos se superponían; el mío, dominado por los sonidos; el suyo, por el olor. Decidí seguirlo.

Entonces, volví a ver a Raku, mi caballo, había sido mi regalo para Changmin; era una de las escasa pertenencias que me había quedado tras la caída de Inuyama. ¿Podría él haberlo vendido… o regalado? ¿Y si Raku hubiera traído a Changmin hasta mí?

Entre los establos y los aposentos de los huéspedes había un pequeño patio con pinos y linternas de piedra. Entré en él. Sabía que alguien estaba despierto, pues escuchaba el sonido de su respiración detrás de la contraventanas. Me acerqué a la veranda, desesperado por saber si se trataba de Changmin, y al mismo tiempo convencido de que en un instante podría verlo.

Estaba más hermoso de lo que recordaba. Sus enfermedad lo había vuelto más delgado y frágil; pero también había resaltado la belleza de sus rasgos y esbeltez de su cuello y muñecas. Los latidos de mi corazón silenciaron el mundo que me rodeaba. Entonces, entendí de repente que estaríamos a solas durante unos momentos – antes de que los demás despertaran – y me arrodillé ante él.

- incorpórate – susurró.
- vi a mi caballo y supe que tenías que estar aquí; pero no podía creerlo.
- me dijeron que estabas en el templo… en grave peligro, pero que seguías con vida.
- el riesgo no es tan grave – exclamé -. Mi mayor peligro proviene de ti, lo que más me aterra es que no puedas perdonarme.
- me es imposible no perdonarte – replicó con sencillez -, siempre que no me vuelvas a abandonar.
- me enteré de que ibas a casarte. Durante todo el invierno he temido que hubieras contraído matrimonio.
- existe un hombre que quiere casarse conmigo, el señor Fujiwara; pero aún no se ha celebrado el matrimonio, ni siquiera estamos comprometidos.
- entonces, tu y yo tenemos que casarnos de inmediato. ¿Has venido a visitar el templo?
- esa era mi intención; después, pensaba dirigirme a Inuyama.
- enviaré a unos hombres para que te escolten hasta el templo. A la caída de la tarde iré a los aposentos. Tenemos que elaborar muchos planes. No me mires a los ojos. – añadí -  no quiero que caigas dormido.
- no me  importaría – replicó él-. Apenas logro conciliar el sueño. Hazme dormir hasta esta tarde, y así las horas pasarán más deprisa. Cuando me sumiste en aquel sueño en Terayama, la diosa Blanca vino hasta mí y me pidió que tuviera paciencia, que te esperara. Estoy aquí para darle las gracias por ello, y también por haberme salvado la vida.
- me ha dicho que estuviste a punto de morir – exclamé, pero la emoción no me permitió continuar hablando. - ¿ha venido contigo Muto Shizuka?
- sí.
- ¿y también traes un lacayo de la Tribu llamado Kondo Koiichi?

Changmin asintió con un gesto.

- pues debes deshacerte de ellos. Por el momento, deja aquí al resto de tus hombres. ¿te acompaña alguna otra mujer?
- sí – respondió.
- la Tribu me ha sentenciado a muerte – le expliqué – y, por lo tanto, cualquier miembro de la organización representa un gran riesgo para mí.
- ¿no corres peligro al estar aquí conmigo, fuera del templo?

Sonreí.

- nunca he permitido que me encierren. Me gusta salir de noche. Necesito conocer el terreno y saber si los Otori tienen la intención de cruzar la frontera y atacarme. Regresaba al templo cuando vi a Raku, y éste me reconoció. ¿le oíste relinchar?
-Raku también te ha estado esperando – aseguró - ¿es que acaso todos desean tu muerte?
- no van a conseguir acabar conmigo. Todavía no. Esta noche te explicaré la razón.

El cuerpo de Changmin se inclinó ligeramente, le imité al instante, y lo tomé entre mis brazos. Deposité un suave, casi imperceptible beso, sobre la piel expuesta de su cuello.

- puedo oír que alguien ha despertado… - susurré – tengo que irme.

Me hice invisible y me alejé de allí. Oí que Changmin, asustado, emitía un grito, y caí en la cuenta de que no le había hablado de los poderes extraordinarios que había heredado de la Tribu. Pensé que había  innumerables asuntos de los que teníamos que hablar; ¿tendríamos algún día tiempo suficiente? Ascendí la colina a grandes zancadas, henchido de energía y de júbilo, como si hubiera ingerido una porción mágica. Changmin estaba allí. No se había casado. Por fin sería mío.

Como hacía a diario, me dirigí al cementerio del templo y me arrodillé ante la tumba de Shigeru. Le conté lo que sin duda ya sabía: que me disponía a cumplir sus últimos deseos y, como no, que iba a contraer matrimonio con Shirakawa Changmin.

De repente se produjo una fuerte sacudida y la tierra tembló. En ese mismo instante tuve la certeza de que casarme con Changmin era la mejor decisión que podía tomar, y me embargo un sentimiento de urgencia: teníamos que hacerlo de inmediato.

Mientras hacía preparativos me dispuse a comentárselo a Makoto, que estaba dándole de comer a las carpas.

- no te enfades conmigo – pidió Makoto, tras una pausa – conozco tus sentimientos hacia él. Sólo te estoy diciendo lo que pronto estará en la mente de todos.
- ¡él también me ama!
- el amor no tiene nada que ver con el matrimonio – Makoto hizo un gesto de negación con la cabeza y me miró como si yo fuera un niño.
- ¡nada va a impedírmelo! Changmin está  aquí. No estoy dispuesto a perderlo otra vez. Nos casaremos esta misma semana.
- debo ir a meditar – anunció Makoto.
- mi decisión es irrevocable. ¡Vete a meditar! Yo hablaré con Kahei y, después iré a ve al abad.

Alcancé a los hermanos Miyoshi cuando se dirigían colina abajo para hablar con un armero.

- no te ofendas, Yunho; pero todos hemos oído los rumores. Dicen que provoca la muerte a los hombres.
- sólo a los que sienten deseo por él.
-también dice que es tan hermoso que es imposible mirarlo sin deseo. ¡Nos envías a una muerte segura! – bromearon.

Yo no estaba de humor para bromas, pero las palabras de los hermanos me hicieron caer en la cuenta con mayor  nitidez de lo imprescindible que era que Changmin y yo nos casáramos. Él me había dicho que únicamente se sentía a salvo conmigo, y yo entendía el porque: sólo casándose conmigo se salvaría de la maldición que parecía perseguirle.

- llevad a el señor Shirakawa a los aposentos de las mujeres del pabellón de huéspedes lo antes posible – le ordené secamente – decidle que iré a verlo hacia la hora del Mono.
- Yunho es realmente intrépido – masculló Gemba.
- el señor Shirakawa va a convertirse en mi esposo.

Mi confidencia los dejó atónitos, pero se dieron cuenta de que yo estaba hablando enserio, y no pronunciaron palabra. Una vez que hubieron traspasado la cancela del templo, bromearon a mi costa durante un rato – sin darse cuenta de que podía oírlos -. Por un instante pensé en llegar hasta ellos y darles una buena lección, pero ya llegaba tarde a mi encuentro con el abad.

Mientras elevaba el palo para colocarme en posición de ataque, me invadió una oleada de cansancio. Apenas había dormido la noche anterior y no había probado bocado desde la cena. Entonces, Changmin me vino a la memoria. Vi de nuevo su silueta sentado en la veranda, y al momento volví a sentir que la energía fluía en mi interior. En ese instante entendí que no podía vivir sin él; Changmin era toda mi vida, sólo junto a él podía ser yo mismo.

- se trata de un amor pasajero. No permitas que te afecte a la hora de tomar decisiones.
- es mucho más que eso.

El abad suspiró.

- todos nosotros hemos creído eso alguna vez en un momento u otro de nuestra vida. Créeme, semejante ilusión no dura mucho.
- el señor Shigeru y la señora Maruyama se amaron profundamente durante años – me atreví a decir.
- si, debe ser algún tipo de locura que afecta a la sangre Otori – replicó él, pero su expresión se había suavizado. – parece como si el espíritu de ambos os hubiera ofrecido a ti y al señor Shirakawa una segunda oportunidad. Puedes iniciar los preparativos necesarios.

Cuando me encontré con Changmin aquella tarde, no hablamos de amor, sino de estrategia. No teníamos necesidad de hacernos saber nuestros sentimientos: íbamos a casarnos. Pero si el destino nos reservaba una vida lo suficientemente larga como para ser felices, debíamos actuar con prontitud para consolidar nuestro poder.

Cuando Makoto me dijo por primera ver que Changmin planeaba forma un ejército, yo había pensado que él sería un magnífico aliado, y no me había equivocado. Él coincidió conmigo en que lo mejor sería que nos dirigiéramos directamente a Maruyama, y me relató el encuentro que tuvo durante el otoño con Sugita Haruki. Como él esperaba noticias de Changmin, él me propuso que enviáramos a varios hombres de Shirakawa al dominio para comunicar a Sugita nuestras intenciones. Yo me mostré de acuerdo y decidí que Gemba, el menor de los hermanos Miyoshi, los acompañara. No enviamos mensaje alguno a Inuyama: cuanto menos supiera Arai de nuestros planes, mejor.

- Shizuka me dijo que Arai montará en cólera cunado se entere de nuestro matrimonio – comentó Changmin.

Yo sabía que eso era lo más probable. Deberíamos haber tenido mejor criterio; deberíamos haber sido más pacientes. Tal vez si nos hubiéramos acercado a Arai a través de los canales adecuados, él se abría puesto de nuestro lado. Pero Changmin y yo nos vimos arrastrados por una urgencia cercana a la desesperación, pues éramos concientes de que podíamos morir en cualquier momento.

Por ello, nos casamos unos días más tarde ante el santuario, a la sombra de los árboles que rodeaban la tumba de Shigeru. Al cumplir su voluntad, también estábamos desafiando todas las normas de nuestra casta. Podría decir en nuestra defensa que ninguno de los dos había tenido una infancia normal.

Podríamos haber considerado este hecho como un mal augurio, pero aquella noche, tras el banquete y las celebraciones, cuando por fin Changmin y yo nos encontramos a solas, no pensamos en presagio alguno. En Inuyama habíamos hecho el amor de forma entregada y desesperada, pues estábamos convencidos de que moriríamos antes del amanecer. Pero en la noche de nuestra boda, protegidos tras los muros de Terayama, tuvimos tiempo para explorar nuestros cuerpos, para amarnos sosegadamente. Además, Yuki me había instruido en el arte del amor.

Hablamos sobre lo que habíamos vivido desde que nos habíamos separado. Le conté de mi visita a Hagi y mi huida a través de la nieve. No le mencioné a Yuki, de la misma forma que él no tampoco me reveló alguno de sus secretos con respecto al trato con Fujiwara. Un escalofrió me recorrió la espalda y, por un instante, pensé que podía tratarse de una premonición, pero alejé tal pensamiento de mi mente porque no quería que nada perturbara mi felicidad.

Me desperté hacia el amanecer y encontré  a Changmin dormido entre mis brazos. Su piel era blanca y aterciopelada, fresca y cálida a la vez. Su cabello negro y espeso, desprendía un olor a jazmín. En el pasado yo había pensado en Changmin como una flor de las cumbres, imposible de alcanzar; pero ahora estaba a mi lado, ya era mío. Mientras asimilaba aquella nueva realidad, el silencio mundo de la noche permaneció inmóvil a mi alrededor. Los ojos se me llenaron de lágrimas. El reino celestial era bondadoso; los dioses me amaban: ellos me habían entregado a Changmin.

Durante los días siguientes la vida nos sonrió. El tiempo era cálido y soleado, y todos los moradores del templo parecían encontrarse felices por nuestra causa: desde Manami, cuyo rostro se iluminó de alegría cuando nos trajo el desayuno la primera mañana después de la boda, hasta el abad, quién continuaba entrenándome y burlándose de mi despiadadamente  cuando me descubría bostezando. Tan sólo Makoto mostraba una actitud indiferente.

Las flores de los cerezos empezaban a caer, y los días se alargaban por el cambio de estación. Los preparativos del invierno habían concluido; la primavera daba paso al verano, y el verano era tiempo de guerra. Nos enfrentaríamos a cinco batallas; ganaríamos cuatro de ellas y perderíamos una.

Fin.






Con esto terminó mi adaptación tributo a la saga Leyendas de los Otori que cubre sólo los primeros dos tomos "El suelo del ruiseñor" y " Con la hierba en la almohada", son un total de más de 600 páginas que espero haber resumido lo más fielmente posible (tomando en cuenta que en este caso los protagonistas son dos hombres). Se agradecen los comentarios.

Lealtad, Amor y Guerra PARTE 3


- ¿dónde estoy?
- es una de las casa de la Tribu. Te sacaremos de la ciudad en uno o dos días.

Su voz calmada y pragmática me enfureció aún más.

- la noche  de mi adopción le dijiste que no le traicionarías. ¿te acuerdas?

Kenji suspiró.

- aquella noche los dos hablamos sobre lealtades encontradas. Shigeru sabe que, en primer lugar, mi obligación es servir a la Tribu.
- ¿por qué ahora? – pregunté, con amargura -. Podrías haberme dejado una noche más.
- tal vez yo, personalmente, te hubiera concedido esa oportunidad; pero el  incidente de Yamagata hizo que los acontecimientos escaparan a mi control. En todo caso, ahora estarías muerto y no serías de utilidad a nadie.
- pero primero podría haber acabado con la vida de Lida – mascullé.
- esa posibilidad fue considerada – dijo Kenji -, y se decidió que no era acorde con los intereses de la Tribu.
- supongo que la mayoría de vosotros trabaja para Lida…
- trabajamos para quien mejor nos paga. Nos gusta una sociedad estable. La guerra abierta dificulta nuestras operaciones. El gobierno de Lida es cruel pero sólido, y nos conviene.
- o sea, que estuviste engañando a Shigeru todo el tiempo.
- Shigeru estaba condenado desde el principio. Demasiados señores poderosos querían librarse de él. Ha tenido suerte de sobrevivir tanto tiempo.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

- ¡no debe morir! – exclamé
- seguro que Lida encuentra algún pretexto para matarle – dijo Kenji, con suavidad-; es demasiado poderoso para poder seguir con vida. El problema con Shigeru es que la gente le quiere.
- ¡no podemos abandonarle! ¡déjame volver con él!
- no es decisión mía.
- ríndete, Yunho – dijo Kenji, al tiempo que me miraba a los ojos-. Todo ha terminado.

Yo asentí lentamente. Sería mejor que fingiera estar de acuerdo.

- ¿puedes desatarme?
- esta noche, no.

La boda se iba a celebrar dos días después. ¿sobrevivía Shigeru hasta entonces? Si fuera asesinado antes, ¿qué sería de Changmin? Mis pensamientos me atormentaban. Me angustiaba la idea de que Shigeru pudiera creer que yo había escapado por voluntad propia.

- todo pasara – dijo

Si mis manos hubieran estado libres, le habría matado. Salté hacia él, balanceando las manos atadas para golpearle en el costado.

- ¡ríndete! – gritó -. haré que te rindas a golpes si es necesario. ¿es eso lo que quieres?
- ¡si! – grité yo-. Venga, mátame, porque esa será la única manera en la que podrás retenerme aquí.

Entonces, Kenji se arrodilló frente a mí, me agarró la cabeza y me obligo a mirarle.

- ¡estoy intentando salvarte la vida! – gritó - ¿es que no puedes meterte eso en tu cabezota?

Yo le escupí, y me preparé para recibir otro golpe, pero el hombre del carromato le detuvo.

- ¿qué tipo de sangre, testaruda y demente, heredaste de tu madre? – preguntó, lleno de rabia. Cuando llegó a la puerta, se dio la vuelta y dijo-: no le quitéis la vista de encima. No lo desatéis.

El sueño me despejó. Cuando desperté, era ya por la mañana. Mi cuerpo se había recuperado en parte y ya podía moverme sin sentir dolor. Yuki estaba de vuelta, y al notar que me había despertado, envió a Akio a hacer un recado. Yuki aparentaba ser mayor que los otros, y por lo visto tenía cierta autoridad sobre ellos.

- anoche fui a la casa de huéspedes y conseguí hablar con el señor Otori. Sintió gran alivio al enterarse de que estás sano y salvo. Su mayor preocupación era que los Tohan te hubieran atrapado y asesinado. Te ha escrito una carta.
-¿la tienes?

Yuki asintió.

- tengo otra cosa para ti.

Se trataba de Jato.

Me invadió tal sentimiento de tristeza que pensé que iba a morir. Entonces, las lágrimas me cayeron a borbotones y me resultó imposible frenarlas.

Yuki, con amabilidad, exclamó:

- van a ir desarmados al castillo para la ceremonia. Shigeru no quiere que su sable se pierda en caso de que él no regrese.
-no regresará – dije yo, al tiempo que las lágrimas caían en torrente. - ¿por qué lo hiciste? – pregunté – has desobedecido a la Tribu.
- estuve allí cuando Takeshi, el hermano del señor Otori, fue asesinado… - No quise interrogarla más, y me sentí muy agradecido por lo que había hecho por mi.
- dame la carta – dije, al cabo de un rato.

“por razones que no vienen al caso, no nos fue posible continuar con nuestro arriesgado plan. Lo lamento mucho, pero al menos me he evitado el sufrimiento de enviarte a la muerte. Me dicen que estás con la Tribu y, por lo tanto, tu destino queda fuera de mi control. No obstante, era mi hijo adoptivo y mi legítimo heredero, y abrigo la esperanza de que algún día  puedas asumir tu herencia como Otori. Si muero en la manos de Lida, te pido que vengues  mi muerte  pero que no la llores, pues pienso que con ella alcanzaré más logros que con mi vida. Ten paciencia. También te pido que cuides del señor Shirakawa
Algún vínculo de una vida anterior ha debido de dictar la fortaleza de nuestros sentimientos. Me alegro de haberte encontrado en Mino. Te envío un abrazo. Tu padre adoptivo.

Shigeru.”

- los hombres Otori creen que Kenji y tú habéis sido asesinados – dijo Yuki-. Nadie cree que te marcharas por tu propia voluntad. Supongo que te alegrará saberlo.

Mi único consuelo era la idea de que Jato se encontraba oculto a muy poca distancia de m´, y muchas veces sentía la tentación de agarrar el sable y huir de la casa con su ayuda. Pero, en su último mensaje, Shigeru me pedía que tuviera paciencia.

En torno a la hora del Mono, escuché una voz que llegaba desde la tienda del piso de abajo y mi corazón dio un brinco, pues sabía que se trataba de nuevas noticias.

- ¿está muerto?
- peor que eso: le han capturado. Ellos te lo contarán.
- ¿va a causarse su propia muerte?
- el señor Otori ha sido despojado de los privilegios de la casta de los guerreros y va a ser tratado como un vulgar criminal.
- Lida no se atreverá –dije yo.
- ya lo ha hecho.

En ese momento, Kenji y Kikuta entraron a la habitación y se quedaron inmóviles al ver que yo sostenía a Jato.

- no voy a atacaros- dije-, aunque lo merecéis. Pero me mataré…

Kenji hizo un gesto de desesperación con los ojos, y Kikuta dijo con suavidad:

- ayer, la señora Maruyama intentó huir del castillo con su hija y su doncella – su voz no detonaba emoción alguna -. La dama sobornó a uno de los barqueros para que las llevara por el río; pero alguien los traicionó y la barca fue interceptada. Las tres mujeres se arrojaron al agua, y la dama y la niña se ahogaron; pero la criada, Sachie, fue rescatada. Más le hubiera valido haberse ahogado también, porque la torturaron hasta que reveló el romance de la señora Maruyama con Shigeru, la alianza con Arai y la conexión de la dama con los Ocultos.
- Lida y los suyos siguieron actuando como si la boda fuera a celebrarse hasta el último momento, cuando Shigeru ya estaba en el castillo – relató Kenji -. Entonces los hombres Otori fueron descuartizados y su señor fue acusado de traición – Kenji hizo una breve pausa y continuó-: ahora está colgado en el muro del castillo.
- ¿crucificado? – dije, con un hilo de voz.
- colgado por los brazos.

Cerré los ojos por un instante e imaginé el dolor, la dislocación de los hombros, el lento ahogamiento y la terrible humillación.

- ¿es la muerta de un guerrero, rápida y honorable? – exclamé yo, acusando a Kenji.

Este no respondió. La expresión de su cara, normalmente cambiante, parecía inmóvil, y su pálida piel, blanca.

Alargué la mano, la puse sobre Jato, y entonces dije a Kikuta:

- tengo una proposición para la Tribu. Tengo entendido que trabajáis para quien mejor os pagáis. Pegaré vuestros servicios con al que, al parecer, valoráis: mi vida y obediencia. Dejadme ir esta noche a bajar a Shigeru de los muros del castillo. A cambio, abandonaré el nombre de los Otori y me uniré a la Tribu. Pero si no accedéis, terminaré con mi vida aquí mismo, nunca saldré de esta habitación.

Los dos maestros intercambiaron una mirada. Kenji asintió de forma casi imperceptible, y Kikuta dijo:

- acepto tu propuesta. Tienes mi permiso para ir esta noche al castillo.
- yo iré con él – dijo Yuki – y prepararé todo lo que pueda necesitar.
- estoy de acuerdo – dijo Kenji—. Yo también iré.
- ¿qué ha sido del señor Shirakawa? – pregunté.
- Shizuka dice que está conmocionado pero tranquilo. Al parecer, no sospechan de él, a excepción de la culpa que acarrea su desafortunada reputación. La gente dice que sufre una maldición, pero no es sospechoso de haber tomado parte de la conspiración.
- ¿se ha enterado él de la desgraciada muerte de la señora Maruyama?
- parece ser que, con un enorme placer, Lida se lo ha contado.

Reflexioné sobre la promesa que Shigeru le había hecho a la señora Maruyama en Chigawa: no se casarías con ninguna otra mujer, y tampoco viviría en un mundo en el que ya no existiera.

- vamos a bajarle del muro – dije yo.
- no se puede escalar con un sable largo.

Pero yo no le hice caso. Sabía que iba a necesitarlo.

Las tejas sobre las que yo apoyaba la cara estaba húmedas y resbaladizas; la ligera llovizna seguía cayendo y amortiguaba los sonidos.

La lluvia estaría mojando el rostro de Shigeru…

Salté al suelo desde el muro y nos dirigimos al río.

Por encima de mi estaba la hielera de ventanas de la parte posterior de la residencia.  Todas estaban cerradas y cruzadas con barras, excepto una, la más cercana a las argollas de hierro de las que Shigeru estaba colgado con una cuerda alrededor de cada muñeca. La cabeza caía hacia delante, sobre el pecho, y por un momento pensé que estaba muerto, pero entonces vi que sus pies se apoyaban contra el muro para alivianar el peso que sostenían sus brazos. Entonces oí el quejido lento de su respiración: estaba vivo.

Sonó el suelo del ruiseñor y de nuevo me aplaste contra las tejas.

- baila, Shigeru, ¡es el día de tu boda! – se burlaba el guardia.

Esperamos un largo rato. No pasaron más patrullas a nuestros pies.

- tenemos que escalar hasta arriba. Tú ve matando a los guardias que se acerquen a la ventana, y yo lanzaré mi cuerda y ataré a Shigeru.

Nos dejamos caer al suelo, cruzamos la estrecha franja de tierra y empezamos a escalar la pared de la residencia. Yuki entró por la ventana mientras que yo, colgado del alféizar, agarré la cuerda que llevaba en la cintura y la lance hacia una de las argollas de hierro.

Los ruiseñores cantaron. Apoyado contra la pared, me hice invisible.  Los integrantes de la patrulla desaparecieron, y yo pude oír como sus pisadas se apagaban.

Me deslicé el último metro hasta ponerme a la altura de Shigeru.      

 Este tenía los ojos cerrados, pero oyó – tal vez sintió – mi presencia y abrió los ojos, susurró mi nombre sin mostrar sorpresa y curvó sus labios en lo que parecía el fantasma de su peculiar sonrisa. Aquello me partió el corazón.

- esto os hará daño; pero no hagáis ruido – le dije.

Cerró los otra vez y apoyó los pies contra la pared.

Le até a mí lo más firmemente que pude y solté un bramido como el de un ciervo. Yuki cortó entonces las cuerdas que sujetaban a Shigeru y, sin poder evitar, éste dio un grito cuando sus brazos quedaron libres.

No podíamos detenernos al pie del muro, sino que tuvimos que cruzar el foso a nado, al tiempo que arrastrábamos a Shigeru, a quién le habíamos cubierto la cabeza con una capucha negra. Si no hubiera habido  niebla, nos habrían descubierto de inmediato, pues teníamos que trasladarlo por la superficie del agua. Para entonces, estaba casi inconciente y el dolor se le hacia insoportable. Sus labios estaban despellejados, pues se los había mordido para no gritar; se había dislocado los dos hombros, como era de esperar, y escupía sangre a causa de alguna herida interna.

Alcanzamos la orilla y tumbamos a Shigeru sobre la larga hierba propia del verano. Kenji se arrodilló junto a él, le quitó la capucha y le secó la cara.

- perdóname, Shigeru – dijo.

Éste sonrió, pero no pronunció palabra. Haciendo acopio de sus fuerzas, susurró mi nombre.

- estoy aquí.
- ¿ has traído a Jato?
- si, señor Shigeru.
- úsalo ahora. Lleva mi cabeza a Terayama y entiérrame junto a Takeshi. – hizo una pausa, al tiempo que un nuevo espasmo de dolor le recorría el cuerpo.

Recé  para no fallarle en ese momento, pues estaba más apesadumbrado que cuando, con Jato en sus manos, él me había salvado la vida.

Levanté el sable y pedí el perdón de Shigeru. El sable dio un pequeño salto y, en un último acto de servicio a su señor, le envió al otro mundo.

Ni Kenji ni yo fuimos capaces de derramar una lágrima de dolor o arrepentimiento.

Levante la cabeza – sorprendido por lo que pesaba –y la puse en sus manos.

- llévala a Terayama –le dije -. Allí me encontraré contigo.

Entonces, sin convicción, Kenji murmuró:

- Yunho.

Seguro de que sabía que nada podría pararme. Dio un rápido abrazo a Yuki – sólo entonces me di cuenta de que era su hija – y después me siguió cuando me encaminé, de nuevo, hacia el río.

Kenji y yo nos adjudicamos dos guardias cada uno, y éstos murieron enseguida, incluso antes de que pudieran bajar la vista. Shigeru tenía razón, pues el sable saltó de mis manos, como por voluntad propia o como si la misma mano de su amo lo hubiera blandido. No existió compasión o debilidad por mi parte que pudieran detenerlo.

El suelo del ruiseñor recorría todo el perímetro de la residencia y también la cruzaba, separando los aposentos de los hombres con los de las mujeres. En aquel momento, lo tenía delante de mi y brillaba débilmente, en silencio, bajo la luz de la lámpara.

Me agazapé en las sombras, pues desde el extremo del edificio llegaban unas voces: un hombre y una mujer. Era Shuzika.

Ando le dijo:

- voy a ver bailar a Shigeru otra vez. He esperado un año entero para esto.

Al instante Kenji lo sujeto férreamente. Yo entré en la sala, me quité la capucha y coloqué la lámpara junto a mi rostro para que Ando pudiera verme con claridad.

- ¿me ves? – susurré -. ¿me conoces? Soy el chico de Mino. Esto es por mi gente y por el señor Otori.

La mirada de Ando mostraba tanta incredulidad como furia. Le maté con el garrote, mientras Kenjin lo sujetaba y Shizuka observaba. Entonces le susurré a ésta:

- ¿dónde esta Lida?
- con Changmin – respondió ella-, en la última habitación de los aposentos de las mujeres. Lida está a solas con él. Si tenemos problemas por aquí, los solucionaré con la ayuda de Kenji.

Apenas presté atención a sus últimas palabras. Yo había pensado que mantenía la sangre fría, pero en aquel momento estaba helada. Respiré profundamente, dejando que la oscuridad de los Kikuta me envolviese por completo, y salí corriendo por el suelo del ruiseñor.

Empuñando a Jato, abría la contraventana corredera y, de un salto, me planté en la habitación.

Changmin, con un sable en la mano, se acababa de poner de pie. Estaba cubierto de sangre. Lida yacía sobre el colchón, boca abajo.

- lo mejor es matar a un hombre y arrebatarle el sable – dijo -. Eso me contó Shizuka.

Changmin estaba temblando y tenía las pupilas dilatadas por el estado de conmoción. En la escena había algo casi sobrenatural: el muchacho, tan joven y frágil; el hombre, enorme y poderoso incluso después de muerto; el siseo de la lluvia y la quietud de la noche.

Deposité a Jato sobre la estera. Changmin bajó el sable de Lida y se acercó a mí.

- Yunho –me dijo, como si acabara de despertar de un sueño. – Lida intentó… yo le maté…

Entonces, se lanzó a mis brazos, y yo lo abrace con fuerza hasta que dejó de temblar.

- estas empapado – murmuró -. ¿no sientes frío?

Hasta entonces no lo había sentido, pero en aquel momento me sentía helado y temblaba casi tanto como Changmin. Lida estaba muerto, pero no le había matado yo. No había podido ejecutar mi venganza, pero me resultaba contradecir al destino, que se había hecho cargo de Sadamu a través de las manos de Changmin. Me sentía desilucionado, pero también aliviado. Además, Changmin estaba en mis brazos, y yo llevaba semanas anhelando ese momento.

Cuando recuerdo lo que sucedió a continuación, sólo puedo alegar que estábamos locos de amor el uno por el otro, comohabíamos estado desde que nos conocimos en Tsuwano.

- quiero estar contigo antes de morir – me dijo.

Su boca encontró la mía, y entonces desató su fajín y su túnica se abrió. Yo me quité la ropa mojada y sentía en mi piel la piel que tanto había deseado. Nuestros cuerpos se entregaron con la urgencia y locura propia de la juventud.

No dude en recorrer cada parte su cuerpos con mis manos desnudas mientras él se aferraba desesperadamente a la línea de mis hombros, enterrando sus uñas sin reparo alguno, simplemente disfrutando de las primeras caricias que recibía su cuerpo. Podía escuchar cada suspiró reprimido que salía de su voz cuando besaba su clavícula.

Me posé entre sus piernas y sin rodeos entre en su cuerpo. No gritó. Sus piernas rodearon  mi cintura con más fuerza y su pelvis se levantó de forma involuntaria profundizando aún más el contacto. Mis manos parecía estar soldadas a su cintura. Las embestidas se volvía más salvajes, más desesperadas con cada segundo que pasaba.

Changmin mordía mis labios cada tanto, solamente los dejaba libres cuando un gemido salía de sus labios, uno casi inaudible, ya que gastábamos todo el oxígeno en mantener ese frenético ritmo con el que uníamos nuestros cuerpos.

Nada más importaba en ese momento.

Ni siquiera el hecho de que el cuerpo de Lida yacía cerca de nosotros.

Me hubiera gustado morir después; pero, como el río, la vida nos arrastraba hacia delante. Parecía que había pasado una eternidad, pero no podían haber sido más de 15 minutos, porque oí cantar el suelo del ruiseñor.

Changmin se puso en pie con rapidez, se ató el fajín de la túnica y tomó el sable. Me puse mis ropas mojadas. Al contacto con mi piel, la humedad pegajosa me producía escalofrío.

Juntos, nos fuimos abriendo camino con los sables por el suelo del ruiseñor. Cada vez que asestaba un golpe, la mano se me estremecía de dolor. Si Changmin no hubiera estado allí para proteger mi costado izquierdo, seguro que yo habría muerto entonces.

Existen numerosas crónicas sobre la caída de Inuyama, pero como yo no participé más allá de lo narrado anteriormente, no estimo oportuno describir los hechos en mi relato.

Yo no había esperado sobrevivir a aquella noche; no tenía ni idea de qué iba a hacer a continuación. Había entregado mi vida a la Tribu, eso lo tenía claro; pero todavía tenía obligaciones para con Shigeru. Changmin ignoraba mi pacto con los Kikuta. Si yo fuera el heredero de Otori Shigeru, mi deber sería casarme con él – eso era lo que yo más deseaba -; sin embargo, si me unía a los Kikuta el joven Shirakawa sería tan lejano como la mismísima  luna. Lo que había sucedido entre nosotros parecía un sueño.

Primero fuimos a la residencia de los Muto, donde yo ya había estado escondido, y allí nos cambiamos de ropa y comimos algo. Shizuka dejó a Changmin al cuidados de las mujeres de la casa y se marchó de inmediato a ver a Arai.

Al día siguiente fui a dejar la cabeza de Lida frente a la tumba de Shigeru. Tenía que cumplir mi último deber hacia él y, después, desaparecería en el mundo secreto de la Tribu.

Kenji tenía razón. La gente quería a Shigeru: los monjes, los campesinos, la mayor parte del clan Otori… yo había vengado su muerte y, por eso, el amor que sentían por él recaía ahora en mí.

Tal cariño me pesaba como una losa. No deseaba que me adularan, pues no lo merecía, y mi situación no me permitía corresponder a sus muestras de afecto. Me despedía de los monjes, les deseé excito y continué cabalgando, después de meter la cabeza en la cesta.  

Recordaba con nostalgia la casa de Hagi – el murmullo del río y del ambiente -. Empecé a soñar despierto e imaginé a Changmin preparando té en el pabellón que Shigeru había construido. Al atardecer, contemplaríamos cómo la garza llegaba al jardín y se posaba, paciente, en el arroyo.

Después de visitar la tumba de Shigeru, Changmin regresó a la casa de huéspedes donde se alojaban las mujeres y no tuve ocasión de hablar con él. Anhelaba verlo, pero también e asustaba el poder que él ejercía sobre mí y el que yo tenía sobre él. La idea de que no iba a estar junto a Changmin nunca más me atenazaba el corazón.

- el señor Shirakawa desea verte.
- no debo verlo – dije yo.
- llegarán antes del amanecer – replicó Shizuka -. Le he contado que nunca te dejarán libre. Lo cierto es que a causa de tu desobediencia en Inuyama, el maestro ha decidido que si no partes con ellos esta noche, morirás. Changmin quiere despedirse de ti.

Sin más, seguí a Shizuka. Changmin estaba sentado en el extremo de la veranda, y la pálida luz de la luna iluminaba débilmente su silueta. Pensé que reconocería su perfil en cualquier lugar: la forma de su cabeza, sus hombros y el movimiento tan peculiar con el que se dio la vuelta para mirarme.

- Shizuka me ha dicho que tienes que abandonarme, que no podremos casarnos – exclamó Changmin, en voz baja y desconcertado.
- la Tribu no me permitirá llevar esa clase de vida. No soy, y nunca podré ser, un señor del clan Otori.
- pero Arai te protegerá; esa es su intención. No hay nada que pueda oponerse en nuestro camino.
- hice un trato con  el jefe de mi familia – dije yo – desde ahora, mi vida le pertenece.

Changmin dijo:

- en los ocho años que pasé cautivo nunca pedí nada a nadie. Lida Sadamu me ordenó que me quitara la vida, y yo no supliqué que lo reconsiderara. Iba a violarme, y no imploré clemencia. Pero ahora te voy a pedir algo: no me abandones. Te ruego que te cases conmigo. Nunca volveré a pedirle nada a nadie.

Changmin se arrojó al suelo delante de mí, y yo pude oler su perfume.

- tengo miedo – susurró –. Temo lo que pueda sucederme. Sólo me encuentro a salvo a tu lado.

La despedida resultaba más dolorosa de lo que yo había imaginado. Ambos sabíamos que si pudiéramos yacer juntos, con su piel contra mi piel, el dolor cesaría al instante.

- la Tribu me matará- dije yo, finalmente.
- ¡hay cosas peores que la muerte! Si te matan, yo me quitaré la vida para seguirte – Changmin tomó mis manos entre las suyas y se inclinó hacia mi. Sus ojos ardían, sus manos estaban secas y calientes, y sus huesos parecían tan débiles como los de un pájaro. Yo notaba cómo la sangre corría a borbotones bajo su piel-. Si no podemos vivir juntos, debemos morir a la vez.

Su voz sonaba apremiante y emocionada. El aire de la noche se enfrió de repente. En las canciones y en los romances, los amantes morían por amor. Recordé las palabras que Kenji le dijo a Shigeru: “estás enamorado de la muerte, como todos los de tu clase”. Changmin también pertenecía a la casta de los guerreros, pero yo no. Yo no quería morir; ni siquiera había cumplido los 18 años.

Mi silencio fue respuesta suficiente. Sus ojos examinaron mi cara.

- nunca querré a nadie más que a ti – dijo Changmin.

Lo cierto era que apenas nos habíamos mirado a los ojos con anterioridad. Nuestras miradas siempre habían sido encubiertas. En ese momento, cuando estábamos a punto de separarnos, nos miramos fijamente, sin modestia ni vergüenza. Yo notaba su dolor y su desesperación, y deseaba aliviar su sufrimiento; pero no podía hacer lo que él me pedía. Mientras sujetaba sus manos y le miraba a lo más profundo de sus ojos, surgió una extraña energía y su mirada se intensificó, como si se estuviera ahogando. Entonces, Changmin suspiró y cerró los ojos. Su cuerpo comenzó a oscilar, y Shizuka dio un salto desde las sombras y lo tomó entre sus brazos, al tiempo que caía. Changmin había caído en un profundo sueño, como me había ocurrido a mí ante los ojos de Kikuta en la habitación secreta.

Temblé, pues de repente me había quedado helado.

- no deberías haber hecho eso – susurró Shizuka.
- no tenía la intención de hacerlo  repliqué -. Nunca antes había dormido a una persona, sólo a los perros.

Shizuka me dio un golpe en el brazo.

- vete con los Kikuta. Vete y aprende a controlar tus poderes. Quizá junto a ellos puedas madurar.

Regresé a mi habitación y recogí mis pertenencias, que eran muy pocas: la carta de Shigeru, mi cuchillo y Jato.

Mi antiguo preceptor, Kenji, y el maestro Kikuta me esperaban bajo la luz de la luna. Vestían ropas de viaje, poco notorias y bastante modestas, y podrían haber pasado por dos hermanos, tal vez hombres de letras o mercaderes fracasados.

El viento mecía los cedros centenarios y los insectos nocturnos continuaban con su inocente zumbido.

De esta forma, el mundo seguía su marcha, y la humanidad vivía en él de la mejor manera posible, entre la luz y las sombras.



Lealtad, Amor y Guerra PARTE 2


En nuestro viaje hasta Tsuwano no tuvimos ningún inconveniente y, a pesar del intenso calor, lo pasamos bien. Yo me había liberado de las clases de Ichiro y de las presiones del entrenamiento. Tenía la sensación de estar de vacaciones mientras cabalgaba junto al señor Shigeru y Kenji, y por algunos días logramos dejar a un lado nuestros recelos sobre lo que nos aguardaba.

Llegamos a Tsuwano al mediodía. Estábamos ya cerca de la posada cuando, de repente, por encima de los sonidos del agua y del bullicioso pueblo, oí claramente que una mujer pronunciaba a mi nombre. La voz procedía de un edificio alargado de una sola planta, con muros blancos y celosías en las ventanas. Yo sabía que en su interior había un hombre y una mujer, aunque no podía verles, y por un instante me pregunté por qué estaban allí y por qué había dicho mi nombre. 

Cuando llegamos a la posada escuché a la misma mujer hablar en el patio. Me di cuenta que era la doncella del joven Shirakawa, y entonces nos enteramos que el joven no se encontraba bien. Kenji acudió a verlo y regresó con la intención  de describirnos con detalle la bellaza del joven, pero la tormenta comenzó y yo temí que los truenos asustaran a los caballos, por lo que corrí al establo sin prestarle mayor atención. No quería enterarme de la belleza de aquél joven. Si alguna vez pensaba en él, era con disgusto, pues sabía el papel que iba a jugar en la trampa tendida al señor Shigeru.

Pasó un rato y Kenji se reunió conmigo en los establos, acompañado por la doncella. Esta me saludo con un “¡Primo!”, y yo me dí cuenta de que era miembro de la Tribu.

- ¿suele padecer estas fiebres el señor Shirakawa? – preguntó Kenji
- la verdad es que no. Ésta es la primera vez que los veo así. Pero no es un chico fuerte; apenas come y duerme mal. Está preocupado por su matrimonio y por su familia. Su madre está muriendo, y él no la ha visto desde que tenía siete años.
- nunca he visto un muchacho más hermoso – dijo él-. Me doy cuenta de que su angustia me conmueve. Sea cual fuese el final de la historia, él siempre llevara las de perder.

Más tarde, bañado y vestido con ropa formal, ayudé a preparar el primer encuentro del señor Shigeru con su prometido. Había traído regalos, y los desembalé. Una ceremonia de compromiso debía ser ocasión de felicidad, y puede que para los novio fuera un momento de desasosiego. Pero este compromiso matrimonial parecía estar rodeado por fuertes tensiones y malos augurios.

La señora Maruyama nos saludó como si casi no nos conociera, pero sus ojos apenas se apartaban del rostro del señor Shigeru. Me pareció apreciar que había envejecido. No es que estuviera menos hermosa, sino que el sufrimiento había marcado su semblante con las finas líneas que lo caracterizan. Tanto ella como el señor Shigeru se mostraban distantes, entre ellos y para con todos los demás, en especial con respecto al señor Shirakawa.

La bellaza del joven nos dejó sin palabras. A pesar del entusiasmo que Kenji había demostrado con anterioridad, a mí me pilló desprevenido. Comprendí aquellos rumores acerca de cómo hombres se volvían locos y obsesivos por él, hasta el punto de llegar a morir; también entendí el porque nadie dudaría en unirse con él a pesar de no ser mujer. Entonces fue cuando entendí el sufrimiento de la señora Maruyama. Los celos era, al menos en parte, la razón de su pesar. ¿cómo podría hombre alguno rechazar tal belleza? Si Shigeru le aceptaba, nadie podría recriminárselo, pues cumplía su deber para con sus tíos y las demandas de la alianza. Pero el matrimonio despojaría a la señora Maruyama no sólo del hombre que había amado durante años, sino que también de su mejor aliado.

Las corrientes ocultas de la sala me hacían sentirme incómodo e incompetente. Yo notaba el dolor que la frialdad de la señora Maruyama causaba en Changmin; veía como sus mejillas se sonrojaban y como el rubor lo hacia verse aún más hermoso. También oía los latidos de su corazón y su respiración rápida. Él no nos miraba, sino que mantenía los ojos fijos en el suelo. “¡que joven es!” pensé “¡y que asustado está!”. Entonces Changmin levantó los ojos y me miró durante un instante. Me invadió la sensación de encontrarme frente a una persona que se está ahogando en un río: si alargaba el brazo, podía salvarlo.

Me desperté a mitad de la noche y al instante reparé en que el señor Shigeru no se encontraba en la alcoba. Agucé el oído y escuché su voz, que hablaba con la señora Maruyaa en un tono tan bajo que nadie más que yo podía oír. Por una parte, me sentía consternado por el riesgo que estaban corriendo, pero asombrado, por otra parte, de la fuerza del amor que ambos avivaban con estos infrecuentes encuentros.

Entonces, pensé: “no se casará con Shirakawa Changmin”, pero no acertaba a resolver si este descubrimiento me alegraba o me atemorizaba.

Cuando, ya tarde, esta desayunando, Kenji vino a recordarme que tenía que entrenar con la espada. Así que, obedientemente, terminé de comer y seguí a mi preceptor hasta el pabellón de lucha. Desde la calle se escuchaban los golpes de los palos al chocar. Dentro del recinto, dos hombres estaban en pleno combate. Tras unos instantes, reparé que uno de ellos no era un chico, sino que se trataba de Shizuka, mi prima y doncella del joven Shirakawa.

Al percatarse de nuestra presencia, Shizuka se puso en guardia sin la mínima dificultad. Entonce, su oponente se retiró la careta y yo caí en la cuenta de que era Changmin.

- no debes distraerte por nada, mi señor – dijo Shizuka – ésa es tu mayor debilidad: la falta de concentración. No existe anda a tu alrededor salvo tu mismo, tu enemigo y las espadas – Shizuka se giró para saludarnos- ¡buenos días, tío Kenji! ¡buenos días, primo Yunho!

Devolvimos el saludo e hicimos una reverencia más respetuosa a Changmin. Siguió un breve silencio. La presencia de este último me ponía nervioso. Yo no debería estar allí, junto al prometido del señor Shigeru.

- volveremos en otro momento – dije-, cuando hayáis terminado.
- no, quiero que luches contra Shizuka – atajó Kenji – el señor Shirakawa no puede volver solo a la posada. Le vendrá bien observar.

Miré a Changmin de reojo, este había soltado su cabello y éste cayó como una cascada hasta sus hombros. Yo hice un esfuerzo por no mirarlo.

Entrenamos durante un rato sin entregarnos demasiado a la lucha. Nunca me había enfrentado con una mujer y temía poner excesivo empeño por si la hería. Entonces, para mi sorpresa, cuando yo hice una finta hacia un lado, ella ya se encontraba allí, y con un golpe hacia arriba me arrancó el palo de las manos. De haber estado luchando contra el hijo de algún guerrero, sin duda ya estaría muerto.

Shizuka tomó las cintas y recogió el cabello de Changmin.

- ahora quiero que practiques con Yunho, señor.
- no – atajé yo al instante-  Tengo que irme. Tengo que atender a los caballos. Es posible que el señor Otori me necesite…

Changmin se puso de pie. Yo era consciente de que él temblaba ligeramente, y percibía con toda nitidez el olor de su perfume, una fragancia de flores mezclada con su sudor.

- sólo un asalto – terció Kenji – será poco tiempo.

Con desgana, recogí el palo. La lluvia arreciaba aun con más fuerza y la sala estaba oscura; la poca luz que llegaba tenía un tinte verdoso. Parecía como si estuviéramos en un mundo aparte, aislados de la vida real, como si fuésemos víctimas de un hechizo.

El asalto comenzó de manera habitual: uno intentaba desestabilizar al otro: pero yo temí golpearle en la cara y sus ojos nunca se apartaban de los míos. Los dos nos mostrábamos indecisos mientras nos embarcábamos en algo totalmente desconocido para nosotros, en algo cuyas reglas ignorábamos. Entonces, apenas sin darnos cuenta, el combate se transformó en una especie de danza: paso, golpe, quite, paso. La respiración de Changmin se volvía más jadeante y la mía le hacía eco, hasta que ambos empezamos a respirar al unísono. Sus ojos se mostraban más brillantes y su rostro más resplandeciente, los golpes se volvían más fuertes y el ritmo de nuestros pasos más salvaje. Yo me imponía durante un tiempo y luego lo hacia él; pero ninguno llegábamos a tener la ventaja. Tal vez ninguno la deseábamos.

Finalmente, casi por error, esquivé su guardia y, para evitar que el palo le golpease la cara, lo dejé caer al suelo. Inmediatamente, Changmin bajó su palo, y dijo:

- me rindo.
- mi señor ha luchado bien- dijo Shizuka -, pero Yunho  podía haberse esforzado un poco más.

Yo me puse en pie y miré fijamente a Changmin, boquiabierto como un idiota y pensé: “si no lo abrazo ahora miso, moriré”.

Kenji me pasó una toalla y me dio un fuerte empujón en el pecho.

- Yunho… - empezó a decir.
- ¿qué?- dije yo, como un estúpido.
- ¡no compliques las cosas!

Entonces, Shizuka exclamó, de forma tan severa que parecía una advertencia de peligro:

- ¡ señor Shirakawa!
- ¿qué? – dijo él, con sus ojos todavía fijos en mi cara.
- creo que ha sido más que suficiente – dijo Shizuka – volvamos a tu habitación.

Changmin me sonrió y bajó la guardia por un instante.

- señor Yunho – dijo
- señor Changmin.

Le hice una reverencia e intenté mostrarme ceremonioso, pero me fue imposible contenerme y le devolví la sonrisa.

- ¡si que la hemos armado buena! – murmuró Kenji
- ¿qué esperabas? ¡están en la edad! – replicó Shizuka-. Ya se les pasará.

Al tiempo que Shizuka se llevaba a Changmin hacia la salida del pabellón y llamaba a los criados, que esperaban fuera, para que trajeran los paraguas, me di cuenta del significado de la conversación. Tenía razón en un cosa, pero en otra se equivocaban: Changmin y yo había ardido de deseo el uno por el otro, más que deseo, de amor; pero nunca se nos pasaría.

Durante una semana, las lluvias torrenciales nos mantuvieron acorralados en el pueblo de montaña. Changmin y yo no volvimos a entrenar juntos, y ¡ojala nunca los hubiéramos hecho! Había sido un momento de locura que yo no había deseado, y me atormentaban las consecuencias. Durante todo el día aguzaba el oído para escucharle. Oía su voz, sus pasos y, por la noche, cuando sólo nos separaba una fina pared, su respiración. Sabía que dormía con inquietud y que se despertaba con frecuencia. Pasábamos tiempo juntos, pues no había más remedio, porque la posada era pequeña, viajábamos en el mismo grupo y teníamos que acompañar al señor Shigeru y a la señora Maruyama. Sin embargo, no podíamos hablar.   Creo que los dos estábamos igualmente aterrorizados ante la posibilidad de dejar nuestros sentimientos al descubierto. Apenas nos atrevíamos a mirarnos, pero cuando alguna vez nuestras miradas se encontraban, la pasión saltaba de nuevo entre nosotros.

El deseo me había conferido un aspecto pálido y demacrado que empeoraba por la falta de sueño, ya que había retomado mi vieja costumbre. Como en Hagi, salía por las noches a explorar el pueblo. Shigeru no sabía de mis andanzas porque, cuando yo abandonaba la posada él estaba con la señora Maruyama. En cuanto a Kenji, o no se percataba o fingía no hacerlo.

- Habla – me insistió el señor Shigeru
- Habéis hecho que todos crean que me encontraste por casualidad, pero yo pienso que sabíais dónde encontrarme. Me estabais buscando.

Él asintió con la cabeza.

- Si, sabía quién eras en cuando te vi en el sendero. Había viajado hasta Mino con el expreso propósito de encontrarte.
- ¿debido a que mi padre era un asesino?
- ese era el motivo principal, pero no el único.

Yo tenía la sensación de que en la habitación no había suficiente aire para respirar.

- pero ¿cómo lo sabíais...? yo lo desconocía y… la Tribu también.

El señor Shigeru dijo, con un hilo de voz:

- desde la batalla de Yaegahara he tenido tiempo de enterarme de muchas cosas. Yo sabía  que no iba a encontrar descanso mientras los asesinos de mi hermano siguieran con vida, y consideraba que Lida era responsable de los actos de sus hombres. Todo lo que sucedió después parecía conducir a la misma conclusión: había llegado el momento de asesinarle.

Al oír estas palabras, empezó a arder dentro de mí una lenta emoción. Me acordé del momento en que el que, en mi aldea, decidí que no estaba dispuesto a morir, sino que buscaría venganza.

Todos los hilos que conducían mi existencia parecían conducirme hasta ese propósito.

- mi vida es vuestra – dije -. Haré lo que me pidáis.
- lo que te pide es muy peligroso, casi imposible. Si decides no hacerlo, puedes partir mañana con Kenji. Todas las deudas entre nosotros han sido saldadas. Nadie te tendrá en menor estima.
- por favor, no me insultéis – dije yo, y él se rió.

Bajo de luz de la linterna, el semblante del señor Shigeru mostraba una expresión  curiosa en la que me pareció apreciar un mezcla de orgullo y de pesar.

- puede que Lida me mate – dijo-, pero nada puede cambiar el hecho de que ella me haya preferido a mi.
- estás enamorado de la muerte, como todos los de tu clase – dijo Kenji, con una cólera que nunca antes había escuchado en su voz.
- no temo a la muerte – le interrumpió Shigeru -, pero tampoco estoy enamorado de ella. Al contrario, creo haber demostrado lo mucho que aprecio la vida; pero es mejor que vivir humillado, y ése es el punto al que he llegado.

Yo oí pisadas que se aproximaban. Giré la cabeza y los dos hombres se callaron. Sachie le susurró algo y después se marchó silenciosamente. Shigeru se volvió hacía nosotros, y nos dijo:

- la señora Maruyama quiere discutir conmigo los preparativos para el viaje de mañana. Pasaré un rato en su habitación.

Kenji no respondió, sino que se limitó a inclinar la cabeza ligeramente.

- tal vez sea la última vez que estemos juntos – dijo Shigeru suavemente, antes de salir al pasillo y cerrar la puerta tras él.
- debería haber llegado a ti antes que él, Yunho – dijo Kenji, con un gruñido -. De haber sido así, ahora no serías un señor y las ataduras de la lealtad no te habrían ligado a Shigeru. Pertenecerías sólo a la Tribu y no habrías dudado en partir conmigo esta misma noche.
- si el señor Otori no me hubiese encontrado antes, ¡yo estaría muerto! – respondí con furia - ¿dónde estaba la Tribu cuando los Tohan asesinaban a mi gente y quemaban mi casa? Él me salvó la vida entonces; por eso ahora no puedo abandonarle. Nunca lo haré. ¡no me lo vuelvas a pedir!

Los ojos de Kenji se ensombrecieron.

- señor Yunho – dijo con sarcasmo.

A la mañana siguiente, los caminos que partían de Tsuwano estaban atestados. Muchos viajeros aprovechaban la mejoría del tiempo para continuar su viaje.

Vi a Changmin tan sólo un instante, cuando subía al palanquín apostado a la puerta de la posada. Él no me miró.

Llevábamos días de retraso y teníamos que continuar a toda costa. Tardamos tres días en llegar a la frontera del feudo, el doble de lo que habíamos calculado.

Yo permanecía casi tan silencioso como cuando había perdido el habla. Aguzaba el oído para captar retazos de conversaciones que, como las briznas de paja, seguían la dirección del viento.  Mientras tanto yo me hacía pasar por un artista y a menudo sacaba tinta y pinceles. Entonces, me alejaba de mi verdadera personalidad y me mostraba como una persona sensible, gentil y tímida que apenas hablaba y en la que apenas nadie reparaba.

Nuestra estancia en Tsuwano se convirtió para mí en el recuerdo de un sueño. ¿había sido realidad la lucha con Changmin? ¿era cierto que el amor nos había atrapado y abrasado con su llama? Apenas pude verlo al día siguiente, pues nos alejábamos en posadas separadas. No era difícil actuar como si él no existiera, pero cuando escuchaba su voz el  corazón me latía con fuerza y por la noche no lograba apartar su imagen de mis ojos. ¿me habría embrujado?  

- ¿cómo puedes traer estos acompañantes? ¿es que no tienes guerreros en Hagi? – se burló Abe
- me dirijo a casarme – respondió con suavidad Shigeru -. ¿debería prepararme para la batalla?
- un hombre siempre tiene que estar preparado para la batalla – replicó Abe -; sobre todo si su prometido tiene la reputación del suyo. ¿supongo que sabes a que me refiero? – Abe negó con su enorme cabeza -. Debe ser como comer pescado en mal estado: un bocado puede matarte. ¿no te preocupa?
- ¿debería preocuparme? – Shigeru se sirvió más vino y bebió.
- bueno, admito que es un bocado exquisito. ¡a lo mejor merece la pena!

Mientras le escuchaba en silencio, intentaba discernir cuáles eran sus debilidades. Ya había decidido que iba a matarle.

Al día siguiente llegamos a Yamagata. Abe había abrigado la esperanza de llegar a Inuyama antes de que comenzara el Festival de los Muertos, y le irritaba estar atrapado en Yamagata. Hasta que terminase el festival, se consideraba que los viajes traían mala suerte.

A lo largo de la orilla del río se habían encendido hogueras y la gente comenzó a bailar. Me anime un poco y me puse de pie para observar a los bailarines. Entre las sombras de los sauces, vi a Changmin.

Estaba de pie, junto a la señora Maruyama, Sachie y Shizuka. Shigeru se levantó y se dirigió lentamente hacia ellos. La señora Maruyama se acercó hasta él, y se saludaron con palabras solemnes. Entonces se dieron vuelta con toda naturalidad, y codo a codo contemplaron la danza. Yo podía escuchar su deseo por debajo del tono formal de su conversación, y también lo percibía en su actitud, lo que me hacía temer por ellos.

Changmin se había quedado junto a la orilla del río. Tuve la sensación de llegar hasta él en contra de mi voluntad, como si los espíritus me hubieran cogido y trasladado hasta su lado. Me las arregle para saludarlo de manera cortés pero retraída, con la intención de que si Abe me observara tan sólo pensara que yo sentía un inocente amor pueril hacia el prometido del señor Shigeru.  Dije algo sobre el calor de la noche, aunque Changmin temblaba como si hiciese frío. Permanecimos en silencio unos momentos, y después él preguntó en voz baja:

- ¿quiénes son tus muertos Yunho?
- mi padre, mi madre… - tras una pausa, continué – hay tantos a los que recordar…
- mi madre se está muriendo – dijo Changmin -. Yo esperaba volverla a ver, pero nos hemos retrasado mucho en el viaje y temo no llegar a tiempo. Me enviaron como rehén a los siete años… llevo más de la mitad de mi vida sin ver a mi madre o a mis hermanas.
- ¿y tu padre?
- también es un extraño para mi.
- ¿estará en tu …? – para mi sorpresa, mi garganta se  secó y no pude pronunciar la palabra.
- ¿mi boda? – dijo él, con amargura – no, él no estará presente – sus ojos se clavaron en el río iluminado por las llamas. – están enamorados – dijo como para sí-.  Por eso ella me odia.

Yo sabía que no debería estar allí, no debía hablar con Changmin, pero me era imposible alejarme de su lado. Intente mantener mi disfraz gentil, apocado, cortés.

- el señor Shigeru es un buen hombre.
- ya se que es un buen hombre. Lo único que digo es que nunca me amará. – yo notaba que él me miraba – pero sé – continuó – que el amor no es para los de nuestra clase – ahora era yo el que temblaba. Levante mi cabeza y mis ojos se encontraron con los suyos. – entonces, ¿por qué estoy enamorado? – susurró.

No me atreví a hablar. Las palabras que quería pronunciar se ahogaban en mi boca, donde yo notaba su dulzura y su poder. De nuevo pensé que moriría si no lograba hacerlo mío.

La voz de Shizuka llegó desde la oscuridad:

- se está siendo tarde, señor Shirakawa.
- ya voy – dijo Changmin -. Buenas noches, señor Yunho.

Sólo me permití una cosa: pronunciar su nombre como él había pronunciado el mío.

- señor Shirakawa.

El momento en que se volvió para irse, vi cómo su cara se encendía más reluciente que las llamas, más brillantes que la luna reflejada en el agua.

La alcoba estaba tan mal ventilada como yo había imaginado y no lograba conciliar el sueño. Oí el tañido de las campanas del templo a media noche y después, tras el toque de queda, todos los sonidos se disiparon, con la excepción de los lastimosos gemidos de los moribundos que permanecían colgados en la muralla del castillo. Aquella noche yo escalé las murallas del castillo para darles muerte, cuando un joven paria me vío, y en su mirada percibí que sabía lo que había hecho. Entonces mi imagen desapareció y el hombre lanzó un grito de asombro: ¡un ángel!. Gracias a que en esa ocasión no soporte escuchar como agonizaban mi reputación crecería más adelante, pero en ese entonces sólo se conocía que un “ángel” los había liberado de su sufrimiento.

Al día siguiente, camino al templo donde se encontraba la tumba de hermanos del señor Shigeru estaban atestadas y un inmenso gentío bordeaba la orilla del foso. La gente permanecía en pie mirando fijamente el primer portón del castillo.

- murieron con rapidez – me dijo Shigeru -. Tuvieron suerte.

Yo no respondí.

- ¿qué ha provocado tanta revuelta? – preguntó Abe.
- todos los criminales murieron anoche. Un hombre asegura que un ángel vino a darles muerte.
- la presencia del señor Otori  empeora la situación – dijo Abe con amargura. - ¡Fuera de aquí! – gritaba.

Asustado por el alboroto, Raku corrió hacia delante, y me encontré cabalgando junto a Changmin. Nuestros caballos movían las cabezas y se miraban entre sí, como si encontraran valor con la presencia del otro. Después, trotaron al unísono hasta el final de la calle.

Con la vista al frente y con una voz tan baja que entre el griterío sólo yo podía oír, Changmin dijo:

- ¡ojalá pudiéramos estar a solas! Hay muchas cosas que quiero preguntarte; ni siquiera se quién era en realidad. ¿por qué finges ser menos de lo que eres? ¿por qué ocultas tu destreza?

Si por mi hubiera sido, habría pasado el resto de mi vida cabalgando junto a él, pero el camino era demasiado corto y yo no me atrevía a responderle. Eso era lo que yo más deseaba: estar a solas con Changmin, revelar mi oculta personalidad, contarle todos mis secretos y mentiras…, y yacer con su piel junto a mi piel. ¿sería eso posible alguna vez? Sólo si Lida moría.

Una vez en la posada, Kenji dijo:

- ¿como?
- dos con veneno, uno con el garrote, otro con mis manos. – susurré

Él negó con la cabeza.

-es difícil de creer. ¿dentro del recinto del castillo? ¿sin ninguna ayuda?
- no lo recuerdo muy bien – dije yo -. Pensé que os enfadarías conmigo.
- y estoy enfadado… - replicó. Me preparé para recibir uno de sus golpes; sin embargo, me dio un abrazo. – te debo estar tomando cariño – dijo Kenji – no quiero perderte.
- ¿por qué correr ese riesgo en este preciso momento?
- no lo sé, no podía dormir…
- es esa blandura que tiene – dijo Kenji – lo empuja a actuar con compasión incluso cuando mata.
- Yunho, vigila a los guardias esta noche. Procura que les quede claro que si provocan algún disturbio, no dudaré en entregarlos a Abe para que sean castigados. Temo que haya una revuelta prematura ahora que nuestro objetivo está tan cerca.

Aquél era un objetivo al que me aferraba con resolución. No volví a pensar en el comentario de Kenji – que la Tribu me iba a reclamar -, y me concentré únicamente en Lida Sadamu, en su residencia en Inuyama. Llegaría hasta él a través del suelo de ruiseñor y le mataría. Incluso el recuerdo de Changmin servía para intensificar mi determinación. No hacía falta ser Ichiro para darse cuenta de que si Lida moría antes de la boda de Changmin, él quedaría libre para casarse conmigo.

Nos levantamos de  madrugada, y poco después del amanecer estábamos en camino. Los Tohan habían prohibido a la población que se congregara en las calles e imponían su ley con el uso de la espada. Descuartizaron a un recolector de estiércol que había osado pararse a fijar la mirada en nuestra comitiva; también golpearon hasta la muerte a una mujer que no se apartó a tiempo de nuestro camino.

Fue transportado en palanquín, por lo que no vi a Changmin hasta que paramos para el almuerzo. No le dirigí la palabra, pero me quedé impresionado por su aspecto. Estaba tan pálido que su cutis parecía transparente, y círculos oscuros rodeaban sus ojos. El corazón me dio un respingo: cuanto más frágil se volvía, más desesperadamente lo amaba.

Shigeru habló con Shizuka sobre Changmin, preocupado por su palidez. Shizuka le respondió que se mareaba con el vaivén del palanquín, que era lo único que le ocurría; pero me lanzó una rápida mirada y yo entendí el mensaje.

Al llegar fuimos escoltados hasta una residencia cercana al foso del castillo; era amplia y hermosa. Las apariencias nos hacían llegar a la conclusión de que Lida estaba a favor del matrimonio de Shigeru.

Mientras descendíamos por las escaleras, pudimos oír cómo los guardias se burlaban de nosotros, con las bromas que los Tohan solían hacer sobre los Otori: que preferían llevarse a chicos a la cama en lugar de muchachas; que les gustaba más una buena comida que una buena pelea, entre otros… sus estruendosas carcajadas flotaban a nuestras espaladas. Avergonzado, nuestro acompañante masculló una disculpa.

- ¿oís ese extraño ruido? – pregunté a Kenji, con inocencia.
- ¿qué puede ser? – terció este, con el ceño fruncido. Nuestro acompañante soltó una carcajada.
- es el suelo del ruiseñor. Un suelo que canta. Nada puede atravesarlo, ni siquiera un gato, sin que empiece a piar como un pájaro.
- suena a cosa de magia – dije yo.
- Tal vez lo sea – respondió el hombre, que se reía ante mi incredulidad.
- ¡que invento tan asombroso! Me encantaría verlo – dije.

Una procesión de criadas con bandejas de comidas – ya era casi mediodía – se quitó las sandalias y piso el suelo. Al escuchar los trinos, el corazón me dio un vuelco y me acordé de cómo había corrido a través del suelo del ruiseñor en Hagi. No tendría ocasión de practicar, sólo dispondría de una oportunidad para intentar cruzarlo sin ser descubierto.

Permanecía en el mismo lugar tanto como me fue posible, intentando discernir cada uno de los sonidos. De vez en cuando, recordaba que Changmin estaba en el interior de la casa, y me esforzaba en vano en escuchar su voz.

Finalmente Kenji dijo:

- ¡venga, vamos!  Tengo el estómago vacío. El señor Yunho podrá ver el suelo otra vez mañana, cuando acompañe al señor Otori.
- ¿vendremos al castillo mañana?
- el señor Otori visitará al señor Lida a media tarde – respondió Kenji -. Por descontado, el señor Yunho le acompañará.
- ¡que emocionante! – exclamé yo, aunque mi corazón me pesaba como una losa ante los acontecimientos.

Cuando regresamos a nuestra residencia, el señor Shigeru estaba contemplando las ropas de boda.

- me las han enviado mis tíos – dijo Shigeru - ¿qué opinas de su elegancia, Yunho?  
- es extrema – repliqué, asqueado de la hipocresía de sus parientes.

Shizuka llegó con los regalos de boda por parte de la señora Maruyama. Escondido entre el envoltorio había dos pequeños pergaminos. Uno de ellos era un carta. No nos habló de su contenido, sino que la guardo en la ancha manga de su túnica.

- ¿qué otras noticias traes?
- creen que Yagamata se rendirá una vez Lida…

Shigeru levantó la mano, pero Shizuka ya había dejado de hablar.

- esta noche, entonces – anunció Shigeru, de forma concisa.
- señor Otori.
- ¿está bien el joven Shirakawa? – preguntó Shigeru con voz normal, al tiempo que se apartaba de Shizuka.
- ¡ojalá estuviera mejor! – respondió ella con voz apagada – no come ni duerme bien.

Mi corazón había dado de latir por un momento cuando Shigeru había dicho que sería aquella noche; pero después se había acelerado y bombeaba sangre a las venas.

Observé una vez más la descripción que tenía en las manos y la memoricé. Al pensar en Changmin, en su pálido rostro, en sus frágiles muñecas y en la negra masa de su cabello, mi corazón volvió a fallar. Entonces, me levanté y me dirigí hacia la puerta para intentar ocultar mi emoción.

- lamento profundamente el daño que estoy haciendo al señor Shirakawa – dijo Shigeru.
- él teme haceros daño a vos – replicó Shizuka, antes de añadir en voz baja-, aunque también teme otras cosas. Ahora debo regresar junto con mi señor. Me inquieta dejarlo solo.
- ¿a que te refieres? – exclamé yo, y los dos se quedaron mirándome.

Shizuka titubeó.

- a menudo habla de la muerte – dijo finalmente.

Yo deseaba enviar algún mensaje a Changmin; quería llegar corriendo al castillo, sacarlo de allí y llevarlo a algún lugar en el que se encontrara a salvo. Lo malo era que tal lugar no existía y nunca iba a existir hasta que todo aquello terminara…

También sentía de deseos de preguntar a Shizuka acerca de Kenji: qué tramaba, cuáles eran los planes de la Tribu… pero entonces llegaron las criadas con el almuerzo y ya no hubo oportunidad de hablar en privado antes de que Shizuka se marchara.

Mientras comíamos notaba que Shigeru me miraba de vez en cuando, como si hubiera muchas cosas que quisiera decirme, pero no habló.

En nuestro encuentro con Lida, él mismo sacó el tema de la boda, y bajo la cortesía de sus palabras pudo percibirse su desprecio y su envidia hacia Shigeru.

- el señor Shirakawa ha sido pupilo  del señor Noguchim, mi más antiguo aliado y amigo.

Lida no mencionó que Noguchi había sido derrotado por Arai, aliado de Shigeru.

- el señor Lida me otorga un gran honor.
- es un joven muy hermoso, aunque cuenta con una reputación desafortunada. Espero que esto no os alarme.

Un murmullo jocoso recorrió la sala. Los lacayos no llegaron a reírse abiertamente, tan sólo sonrieron con picardía.

- opino que la reputación del joven Shirakawa es injustificada – respondió Shigeru, con voz calmada. – además, mientras me encuentre en Inuyama como invitado del señor Lida, no me alarmaré en lo absoluto.

Le mataría… por sus acciones del pasado, por su insolencia con el señor Otori y, porque si no le arrancaba la vida aquella noche, él nos mataría a los dos. Y si tenía tiempo, también matarías a los lacayos que se rieron de Changmin.  

- nos veremos dentro de tres días en la ceremonia del matrimonio.

En la alcoba se apreciaba un ligero olor a humo: Kenji había quemado los mensajes de la señora Maruyama durante nuestra ausencia. Nos examinó detenidamente.

- ¿reconocieron a Yunho? – preguntó
- si, le han reconocido. Lida tiene muchas sospechas, y también recelos. Puede atacar en cualquier momento.
- me llevaré ahora mismo a Yunho. Puedo esconderlo en la ciudad
- no – exclamé yo –. esta noche iré al castillo.
- has sido un buen amigo – dijo Shigeru, con calma-; pero no tienes porqué arriesgar tu vida.
- no lo hago por ti, Shigeru. Es para vigilar a Yunho- replicó Kenji, antes de voltearse hacia mí-  más vale que veas otra vez las murallas y el foso antes del toque de queda. Trae tu material de dibujo.

Recogí mis cosas y nos dispusimos a salir, pero en la puerta, justo antes de poner el pie en el jardín, Kenji me dejó sorprendido: se volvió de nuevo hacia Shigeru y le hizo una profunda reverencia.  

- señor Otori – dijo.

Yo pensé que estaba de broma. Sólo más tarde di cuenta de que aquello era un adiós. Yo no me despedí; tan sólo hice la inclinación de costumbre, que Shigeru respondió con un gesto. Las luz del atardecer que llegaba desde el jardín le iluminaba por la espalda, y no pude verle la cara.

Las calles estaban atestadas de gente que aprovechaba el periodo de tiempo que transcurría entre el ocaso y el toque de queda. Se chocaban constantemente contra mí, lo que me hacía sentirme nervioso, y ver espías y asesinos por todas partes. El encuentro con Lida me había alterado y una vez más había vuelto a ser el chico aterrorizado que había huido de las ruinas de Mino. Aunque yo pretendiera ser el señor Otori Yunho o un Kikuta de la Tribu, en realidad no era ninguno de los dos. Era uno de los Ocultos; es decir, uno de los perseguidos.

Caminamos en dirección oeste, siguiendo la muralla del castillo. Mientras oscurecía, yo me alegraba de que no brillaran la Luna ni las estrellas. A pesar de las circunstancias, sentía hambre. Pensé en detenerme a comer algo, pero Kenji sugirió que avanzásemos un poco más.

-regresemos – dije.

Momentos después, un pequeño grupo de gente salió del callejón que teníamos enfrente.  Al principio pensé que se trataba de artistas callejeros. Me detuve. Kenji se colocó justo detrás de mí. Otra muchacha se acercó a nosotros.

Lo que ocurrió después mi cabeza no lo guarda con claridad.

“es de los nuestros”

“estate quieto, Yunho”

“deja de forcejear, nadie va a hacerte daño.”

Yo sabía lo que pretendía, y me contorsioné con violencia hasta que perdí el equilibrio. La chica y yo caímos al suelo, mientras sus manos todavía me sujetaban la garganta.

Justo antes de quedar inconsciente, vi a Shigeru con claridad. Esperaba en la habitación a que regresáramos. Intenté gritar, furioso por la inmensidad de la traición, pero me habían tapado la boca. Ni siquiera mis oídos percibían sonido alguno. Sin embargo, mi último pensamiento fue dedicado a Changmin y me preguntaba si sería capaz de volver a verlo.

Changmin.